Relatos Salvajes: La paradoja emocional

 

relatos

El espectador vs. las expectativas

El espectador purista, o más bien utópico, es aquél que pretende ignorar por completo cualquier tipo de adelanto u opinión con tal de evitar prejuicios y contemplar un film descontaminado,digamos, de elementos “extraños”. De existir este sujeto, imagino debe ser un monje zen alejado del capitalismo con visitas esporádicas al Village de Lhasa o, en su defecto, un humano (sospechamos) inquilino de una burbuja aislante símil John Travolta en bizarra película setentosa. Hago esta larga e innecesaria aclaración porque en nuestra sociedad contemporánea no existe algo como ver un film sin expectativas previas, de hecho, me animaría a decir que son necesarias para la experiencia cinematográfica: nuestra valoración recae en parte si conseguimos lo que fuimos a buscar (como la autoflagelación en “Bañeros 4”). El problema, como en la vida misma, es cuando nos dejamos llevar y nuestra vara es tan alta que nos convierte en eternos inconformistas, no se puede esperar salir todos los días con una supermodelo distinta como no se puede esperar ver “la mejor película de todos los tiempos” (si es que existe).

“Relatos Salvajes” contiene detrás una maquinaria publicitaria cuyo leitmotiv es el prestigio. El prestigio de su director/guionista, de sus productores, de su reparto y por sobre todo, del que le ha adjudicado la crítica internacional. Y si hablamos de valoraciones extranjeras en Argentina, es inevitable (vaya a saber uno por qué) que se mezclen construcciones nacionalistas (de todo tipo) que terminan de incidir en el juicio final de cualquier argentino dispuesto a ver un film de tales características, a favor o en contra. Es por esta razón que quizás como nunca, recomiende que al espectador que trate de asemejarse (un poquito) a ese monje zen y olvide por completo que lo que se va a ver sea (como dicen algunos medios): “un film histórico para el cine nacional”. Hagamos lo imposible, bajemos la espuma a nuestro chocolate y veamos que tiene para ofrecer la última película de Damián Szifron (¿vieron que es imposible?)

Cuentos Asombrosos

Relatos Salvajes Oscar

La película está compuesta por una antología de seis relatos cortos sin relación directa entre sí (no sabemos si pertenecen siquiera al mismo universo) pero atravesados conceptualmente por diversas temáticas como el odio, la violencia, la venganza, la corrupción social y claro, el amor. Aceptar que todo ésto sea parte inherente y universal de la condición humana es al menos polémico, pero podemos entender que Szifron quiere representar situaciones y emociones (no olvidar esta palabra) que no escapan a cualquier persona habitante del mundo occidental moderno (que es en el único que he vivido). No voy a sintentizar en que consisten cada uno de los segmentos porque se perdería parte la sorpresa y la frescura de los mismos, sólo diré que todos están ubicados en espacios medianamente cotidianos y/o cercanos para cualquier persona de éstos lares: un avión, un bar de minutas, una ruta asfaltada, la ciudad, una casa y un casamiento. No hay escenarios fantásticos ni atemporales; la construcción de los relatos está pensada para lograr una identificación intelectual y emocional con el espectador. Dependiendo la perspectiva ideológica/juicio estético que tenga cada uno respecto “a lo que debería ser una película”, se podría estar de acuerdo con que si se debería buscar la mimetización o sino más bien se debería generar una nueva forma de sentir y pensar (otra vez con las expectativas), de todos modos el objetivo de Szifrón no es nada fácil y el director lo cumple con un trabajo intenso y detallado.

Pero la búsqueda del creador de “Los Simuladores” no es nueva, sino que contiene un largo linaje cinematográfico que se remonta a Spielberg (del cuál hay una cita en el tercer capítulo) y sobre todo a Alfred Hitchcock. De éste último, no sólo rescata la búsqueda por el involucramiento total del espectador sino también el tono, las formas (Cary Grant y el avión en “Intriga Internacional”), la tensión y por supuesto, el formato de historias cortas que el obeso cineasta inglés había concebido para televisión. La brevedad de los relatos es funcional a una composición narrativa que va desde una aparente calma hasta escalar rápidamente a una explosión de ira absoluta, como si fuera una inyección de adrenalína que arrasa con todo y termina inesperadamente. El suspense, la obsesión, el descontrol eran los tópicos axiales de Hitchcock y son indudablemente también aquí parte indisociable de la conjunción dramática. Lo supo Rod Serling con “La dimensión desconocida”, lo supo Spielberg con “Cuentos Asombrosos”, Vince Gilligan en “Breaking Bad” y evidentemente lo sabe muy bien Damián Szifrón.

La máquina de narrar

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Para que alguien se sienta identificado en el cine se necesita una gran dosis de verosimilitud, o como alguna gente “cool” dice: suspension of disbelief (algo así como la “suspensión del descreimiento”). Podríamos decir que es casi una obviedad, hasta un principio básico en cualquier tipo de relato ficcional, Ahora bien, que sea una obviedad no quiere decir que sea algo que sea sencillo, para tener este elemento “básico” dentro de la narración cinematográfica se requiere un más que aceitado mecanismo narrativo. Que a su vez es complejisimo y está constituido por diversos detalles que deben acoplarse a la perfección.

El engranaje dispuesto por Szifron funciona a partir de un guión extremadamente laborado que aspira al lucimiento de la originalidad pero sin la intención vacua de vanagloriarse en la misma. Es la importancia estructural que el guionista/director le da a sus personajes lo que hace que sus historias no se estanquen en la intrascendencia. Cada uno de los (breves) participantes de este mundo es dotado por un contexto y carácter que hace comprensible sus acciones, ésto se logra por medio de dos factores fundamentales: la solidez de los diálogos y la interpretación actoral. Si la ambición es la “identificación” no se puede recaer en charlas extremadamente crípticas o, (como suele pasar) insultar al espectador con diálogos expositivos y/o trillados, “Relatos Salvajes” triunfa en darle credibilidad y espontaneidad a las situaciones en conversaciones marcadas por la tensión y el ritmo. Esto último, en  gran parte mérito de la buena performance de su reparto, sobre todo Oscar Martinez y Erica Rivas.

Teniendo esta base, la maquinaria narrativa de Szifron accede al espectáculo visual a través de varias proezas técnicas: FXs tantos prácticos como digitales, fotografía impecable y disposición de cámaras poco ortodoxas como arneses y gopro (Punto de vista). Sin embargo, no es un despliegue gratuito, sino que es funcional al objetivo primordial que es afectar y consumir al receptor emocionalmente. El espectador debe sentir toda la desesperación y angustia para ulteriormente explotar en catarsis junto a los personajes; en todos los segmentos se pueden palpar estas emociones de diferentes maneras y con diversos resultados. No importa cuál es la valoración personal, la indiferencia no es una posibilidad.

Paradoja emocional

Ya lo dijimos, “Relatos Salvajes” es un film que expone (brillantemente) escenarios para ahondar en la reflexión y la crítica social. La dicotomía, o más bien la paradoja que presenta la película, es la misma que podemos ver en el accionar de los personajes: ¿Cómo podemos acudir a la racionalidad en plena ebullición de sentimientos?.¿Cómo analizar y emprender una crítica (tanto cinematográfica como sociológica) cuando nuestras emociones impiden la objetividad, la frialdad y el razonamiento lógico?. Algunos estarán de acuerdo con la suspensión del pensamiento objetivo, a otros les parecerá pésimo, pero todos se llevaran un conflicto para pensar. Y en una actualidad cinematográfica dónde reina el olvido, llevarse un cuestionamiento a casa no es poco.

 

 

Por Johnny Chambon

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