Chambons en MDQFF2014: Lluvia de reseñas (parte I)

Birdman

Los festivales internacionales otorgan la posibilidad de materializar cartografías cinematográficas mundiales en un solo punto del planeta. En este caso tenemos a la ciudad portuaria, turística y balnearia de Mar del Plata, donde durante una semana (y en un eclipse de mar) el territorio se desautomatiza para formar una cultura audiovisual del mundo: remotos, pretéritos, presentes y también ausentes. Porque, como una nave madre de los sueños guionados, como el perfecto alucinógeno para la reflexión y el placer sensorial, también los festivales se encadenan a todo lo que ha quedado afuera, y a la historia del cine propiamente. En el festival Internacional de cine de Mar del Plata esto no solo se vislumbra en el tráiler (dirigido por Esteban Sapir) pasado previamente en cada una de las más de doscientas películas del programa. El mini corto fue aplaudido en todas las ocasiones que he tenido la suerte de presenciar un film. Y esto creo yo porque ingresa realmente al espíritu del espectador cinéfilo, y porque parece justificar ya todo lo que iremos a vivir aquí: es la justificación de un arte que tiene a sus espaldas, más que imborrables huellas (se muestran pequeñas partes de Bande á apart, El apartamento, 8 y medio, La soledad del corredor de Fondo, Crónica de un niño solo, entre otras, con un hermoso acompañamiento musical donde el pulso de aquellas notas en el piano atraviesan nuestros recuerdos, nuestra relación con el cine y con la vida) imborrables imágenes, fragmentos de la realidad en los que el tiempo se siente confundido. Aquellos seres firmaron un pacto con la cámara para mostrarnos sus movimientos (sus danzas), sus experiencias con la carne y el alma por el resto de la eternidad. Aun las copias más frágiles al devenir del tiempo han mantenido (en su fuero de luces y sombras) intacto su misterio.

Como decía, la historia del cine se muestra aquí presente porque el festival también alberga retrospectivas, películas de productoras históricas, documentales (que también son aportes a la historia), homenajes, trayectorias, actividades especiales, etc. El festival se determina así como un foro de concentración enorme y heterogéneo que engloba a investigadores, críticos, académicos, acreditados, apasionados, melancólicos, curiosos, solteros, solteras, solitarios, casados, amantes, mayores de edad, jóvenes, boleteros (que como el propio Morfeo, hijo del dios de los sueños, se suman cuando este ha comenzado) trabajadores de la limpieza y la comida, proyectores, periodistas, cinéfilos, encuestadores, hípsters. Todos somos estrellas del mismo refulgir del cine.

El festival también es un proyecto de futuro, de todos los nuevos fotogramas que se sumaran a su historia (algunos creo yo, serán memorables). Con el cine nos sentimos parte de una experiencia humana trascendente. Vivimos estados en que la consciencia se vuelve una eminencia del tiempo: ahora podemos estar en el mundo de la aristocracia Alemana de 1811, que vive momentos de reformas sociales y romanticismos ideales; o en una localidad turística al norte de Corea del Sur, recordando un viejo amor; o en un pueblo de la Pampa buscando (como la inocente estrategia de una araña) indicios sobre las alas con que cayeron nuestros parientes inmigrantes; o en los ojos de un músico en plena era pre-Grunge viajando a Brooklin en busca de un destino; o en una falsa (porque el cine también incluye universos de mentira) Campaña del desierto; o en un…

Podríamos decir (desde Mar del Plata, en la casa de veraneo de Victoria Ocampo, sentados en ese mismo sillón que usó Borges también para sentarse) que el cine es un intento de Aleph.

A continuación dejo constancia de mi experiencia vivida en el festival, habiendo tomado nota de cada una de las películas que tuve la posibilidad de ver. Probablemente cada uno de los participantes haya vivido su propia cosmología del evento: por la variedad, cantidad y el escaso margen de tiempo que nos dieron para realizar este itinerario de los sueños.

“Basilio Martín Patino. La décima carta” (España, Virginia García del Pino, 2014) 

Documental sobre el cineasta Basilio Martín Patino que se construye mediante pequeños capítulos de carácter poético. Virginia García del Pino parece entender cómo funciona la piel de un cinéfilo. Porque si algo tiene este documento es fascinación por las habitaciones y los lugares llenos de material filmográfico. Es en esos momentos donde Patino recuerda, cuenta, reflexiona, busca en sus cajones: es la casa de un cineasta comprometido que ha trabajado en clandestinidad durante la dictadura (y por eso que los papeles, las fotos y las cintas salen a la luz hasta con necesidad, tal vez y además con cierta incertidumbre) Patino es un hombre grande que no se muestra proclive a las charlas o a las explicaciones fluidas que puedan darnos mejor a entender los hechos. Pero para eso está Virginia García del Pino que hace un ejercicio dinámico mediante material fílmico de época; planos cortos sobre los rostros de los protagonistas (aunque Patino niegue aquí ser protagonista); esto de mostrarlo más en lo cotidiano que predispuesto a contar.
La décima carta hace alusión a la película del director Nueve cartas a Berta, estrenada en 1965 y que el documental celebra como un episodio que dio inicio al nuevo cine español. Patino es considerado un moderno. Él no lo acepta, pero está claro que su compromiso en su denuncia explícita al franquismo (muy interesante sus intentos de llevar a cabo los libros de Daniel Sueiro sobre “La pena de muerte”, “El arte de matar”, etc.) es lo que más fundamenta su “modernismo”, y eso que lo liga directamente a nuevos realizadores que se encuentran en la búsqueda de cierta independencia. Patino es uno de los tantos cineastas que escondieron sus huellas para que hoy otros puedan hallar su camino, o alguna señal que los lleve en una dirección posible. Cuando las venas siguen aún abiertas, cuando la ficción (cual artista fundiendo sus escudos en metáforas) era también una forma de actuar frente a un estado que masacraba impunemente.

“Gyeongju” (Corea del Sur, Zhang Lu, 2014)  

Tal vez sean los chinos quienes siguen concibiendo al cine como esa séptima maravilla donde van a parar todos sus tesoros más preciados, quienes depositan en éste todo su legado artístico. Gyeongju es como un Haiku de dos horas y media. Extraña paradoja. Es que cuando el ritmo y la palabra, el ruido del te vertiéndose (como la creciente de un río que fluye bajo un puente) en cada uno de los vasos que reposan sobre una mesita de madera, cuando aquello se presenta con extremada delicadeza, el misterio se vuelve realizable. Una pintura obscena que ya no está, una mujer (la del profesor universitario) que ya no está, una niña y su madre, un marido, un amor que tiene algo de invisible. La ausencia predomina por doquier. Sin embargo es tan fuerte eso de la compasión con que la cámara pinta, uno no sabe si aquellos seres quieren también desaparecer en cualquier momento. Los espectros se visten de silencio y son una tentación que en cualquier momento corrompe el telón de vida. Lo interesantísimo es que todo este marco de espíritus “danzando sobre las tumbas” se permite el humor (la secuencia donde las dos mujeres que van a la casa del te confunden al profesor con un actor de culebrón es almodovarianamente sensacional) y la denuncia política (los truenos suenan como misiles lanzados desde Corea del Norte). Decíamos: personas que ya no están, pero también un lugar. Porque Gyeongju es ante todo un espacio para la memoria, un recuerdo, un lugar en el que las cosas parecieran haber cambiado. No sabemos bien por qué. Gyeongju es un lugar confuso en la memoria, ese lugar que nos habitan los fantasmas, en este caso la memoria del protagonista. Es un cine éste que pone siempre en jaque a la memoria, porque se resiste a permanecer en esa perpetuidad del ahora. El film parece devenir en drama filosófico, como si su director se dejara avasallar por un Rhomer o Woody Allen, entre otros, es decir por lo occidental. Sin embargo su enfoque permanece. Yo creo en este cine como la imagen fiel del ser que acontece. El ser acontece porque los gestos (cuando ella sirve te, cuando están sentados en la cama sin hacer nada y ella le pregunta si puede tocar sus orejas, porque le recuerdan a su marido) están excluidos de toda naturalidad, o mejor dicho están en su naturaleza más profunda. Es como el cuadro que tiene ella colgado en la pared: allí no hay nadie sentado a la mesa. Está la Luna, todos se han ido como la creciente de un río que fluye sin parar; pero todo reanuda su misterio, los elementos recuperan sus tesoros más estimados. En esa ceremonia del té el tiempo se vuelve espectador de unos seres que han retornado a su mundo.

Apenas salía de la sala, una mujer le pregunta a su marido: ¿Qué te pareció? –Muy larga, contesta el hombre. Es extremadamente cierto y sencillo lo que ha dicho. Tal vez mañana lleve a su señora a la cancha y al finalizar el partido (que tendrá un total de siete goles) le haga la misma pregunta. –Un embole, responderá ella. Y los dos están en su derecho.

“La entrega” (E.E.U.U, Michaël R. Roskam, 2013) 

Estamos en Brooklyn. Hay dos primos que manejan un bar. La mafia los controla, permanentemente. La mafia es como un espectro que asedia el film de cabo a rabo. Se percibe un intento de emular el cine Scorsese (ya todo un género aparte) pero le falta violencia, hay que decirlo. Esto no significa que no la haya. Su intención se compensa con varias cosas de gran interés, una de ellas son las actuaciones, en especial la de su protagonista Bob (Tom Hardy). Diría que la película se sostiene en cada uno de sus gestos, de sus miradas. Es un hombre que encuentra un perro herido en la basura y se lo termina quedando porque le gana su afecto (la relación con su perro es formidable); un hombre que va a la iglesia pero no comulga. Un hombre de corazón bueno pero que sin embargo dará muestras de tremenda maldad, de justicia si se quiere (aunque tendríamos que aclarar una justica que proviene de los códigos mafiosos)

Otra de las cosas que hacen de este film un producto más que digno de ser visto es el clímax que arrastra toda la cinta, como de un suspense sucio extraído de las mejores novelas policiales norteamericanas. Insisto en que no puede hablarse aquí de clisé por la construcción atípica de su protagonista, también porque el padrino chechenio, o checheno jamás aparece. Ese bar es como un castillo kafkiano donde su Dios parece haber muerto, al menos está su hijo que asusta en unas pocas apariciones. Y Dios está muerto porque entre la iglesia y sus fieles solo parece haber culpas, crímenes y pecados. Ese pit bull negro parece ser el único que ganará una entrada al cielo.

“Jauja” (ARG/DEN/FRA/MEX, Lisandro Alonso, 2014)

Jauja

La nueva película de Lisandro Alonso deja muchas incertidumbres. Algunas son a consciencia: en la interpretación de los hechos; en la construcción de los personajes (si son alegóricos, o figuras reales de carne y hueso); en la escritura cuasi-poética que devora cualquier propósito racional. Es el capitán (V. Mortensen) emblema del imperialismo racionalista que se resiste a vagar por esas llanuras de la Pampa donde aún persiste el mito y la “barbarie”, lo que la civilización viene a destrozar. Hay una búsqueda desesperada: la de su hija, leitmotiv que le sirve a Lisandro para repetir la estructura de Liverpool (su anterior film). Los espacios se encuentran perdidos. La cámara solo permite ver lo que está perdido, por eso es que su hija ya no está…

En la conferencia Viggo decía que la película tenía algo único, esa mezcla de leyendas danesas con nuestra historia, que lo retrotraía al cine de Carl Dreyer (Ordet) y Lars Von Trier. A mí me retrotrajo también un poco al universo de Michael Haneke y sobre todo a Tarkovski y su Zona, primero por los tiempos muertos, como esculpidos por el viento patagónico (la película se filmó en La Pampa y la Patagonia). Esos espacios verdes (planos generales) tienen algo de Western pero también de realismo encantado (la fotografía es de lo mejor). La diferencia con La zona (Stalker, 1979) es que allí los personajes se sentían como atraídos, deseosos de cumplir sus milagros. Aquí (como decía Viggo) el capitán y el entorno son antagónicos, está confundido porque casi que ha venido del futuro (recordemos las teorías que circulaban en la Europa decimonónica sobre el hombre moderno). “Un hombre no es todos los hombres”, le dice la mujer grande que vive en la cueva (¿uno de los personajes más inhóspitos de la filmografía Argentina?) El cuento se termina de justificar con un final bastante confuso e inesperado. ¿Y si todo no era más que un juego del director en una aldea perdida de nuestro país? ¿Y si la princesa solía escapar de su castillo mientras el rey dormía? ¿Hasta dónde podría uno ahondar en esta historia?

Destaca también la música, principalmente sobre el corte del cielo nocturno hacia la mitad, es como si Santaolalla se hubiera calzado la eléctrica, pero no, es Buckethead quien compuso junto a Viggo aquellos agradables sonidos. Estos procedimientos como la música, la poesía y el accionar de los personajes son usados con extrema moderación, algo que parece estar en función de lo que no dice esta película, de esa extraña incertidumbre que genera, al menos en una primera mirada.

“Pipí mil pupú dos lucas” (VEN, Fernando R.Bencomo, 2014)

Film venezolano que destaca (y solo por ello) en el manejo del tiempo: mediante la frecuencia iterativa se cruzan historias, todas relacionadas con lo peor de cualquier estado-nación: drogas, secuestros, asesinatos, violencia. Se encuentran referencias explícitas al cine de Tarantino (se abre un baúl desde la subjetiva de un cadáver) y Kubrick (uno de los traficantes lleva puesta una remera de La Naranja Mecánica). Creo haber contado unas mil veces la palabra Huevón. Y Pipí mil pupú dos lucas es un baño, de lo peor, perdido en un pueblito de Caracas. Se utiliza en varias escenas ese manipuleo acelerado de la cámara, propio de las películas como Saw. El ritmo entretiene, la película se vuelve más interesante con el correr del tiempo (aunque este se nos corra una y otra vez), se va haciendo cada vez menos confusa, esa quizá sea su virtud, y también su defecto, porque nunca termina por comprometerse. Nos queda como el impacto final de un flash violento que encandila cualquier tipo de apreciación, aunque esto sea también una apreciación subjetiva. De lo más flojo que vi hasta ahora.

“Pasolini” (FRA/ITA/BEL, Abel Ferrara, 2014) 

Me gustaría comenzar preguntándome si la figura de Pasolini no es demasiado compleja como para ser llevada al cine. Recuerdo que fue éste director quien dijo en su discurso sobre “El Plano-Secuencia, o el Cine como Semiología de la Realidad” algo así como que el cine es la oportunidad de documentar toda una vida: “el cine (o mejor la técnica audiovisual) es sustancialmente un infinito plano-secuencia, tal y como es la realidad para nuestros ojos y nuestros oídos durante todo el tiempo en que estamos en condiciones de ver y oír (un plano secuencia infinito que acaba al final de nuestras vidas)”. También la posibilidad de filmar tu propia muerte, porque en ese discurrir del tiempo en el que la cámara te capta sucede lo que has hecho para morir, tu proyecto de muerte, tu vida en movimiento. La película se centra en los últimos momentos de su vida. Yo creo que para un admirador de su obra el film puede llegar a interesar, pero por todo lo que no tiene, porque cualquier efecto producirá en este una emoción, pero por lo que ya sabe. En cambio para alguien que no conoce su obra, yo creo que “Pasolini” puede ser una película fallida. Solo tiene una escena en la que Pasolini (con un Willem Dafoe interpretándolo de una manera tan respetuosa que no parece ser ya el boloñés rabioso que conocíamos, aunque sea ya el P.P de la última época) es entrevistado y manifiesta sus ideas políticas; también el film atraviesa el tema de su homosexualidad, del sexo como liberación. Pero estas son ideas que deberían estar en toda película que hable sobre su vida. La película presenta su muerte (es asesinado por una pandilla de homofóbicos) y no se sabe cuánto hay de ficción, puesto que aún no se conocen exactamente los hechos que lo llevaron a la muerte. Dice por ejemplo el periódico 20 minutos de Madrid: “Pasolini y Pelosi acudieron a Ostia para mantener relaciones sexuales. Según la versión oficial, ambos acabaron llegando a las manos y protagonizando una pelea que derivó en la muerte del director. Una versión discutida ampliamente en Italia ya que son muchos quienes consideran a Pelosi, que por entonces tenía 17 años, incapaz de infligir semejantes daños por si solo al polémico artista”.

En varias secuencias dos personajes representan una de sus novelas (entre ellos tenemos el agrado de ver actuar al gran Ninetto Davoli) Son aquellos que van (como en Pajaritos y Pajarracos) vagando por la vida, siguiendo a la estrella fugaz ¿Para qué? Se preguntan. “Pues si no la hubiera seguido me hubiera perdido de recorrer el planeta”. Lo que se busca: el paraíso, pero el paraíso no llega nunca, como la revolución en su Calderón, como sus luchas, aunque tal vez hoy sí ya se vean logros, producto de su maravillosa obra. Lo que llega es la muerte en Pasolini. ¿El sexo es político? Le preguntan al inicio del film, mientras vemos en duplicado escenas de Salo o los 120 días de Sodoma (1975). “Todo es política” contesta. “Sólo gracias a la muerte nuestra vida sirve para explicarnos” dirá en su discurso sobre la semiología de la realidad. Podría afirmarse que la muerte, tu muerte Pier Paolo, también fue política.

Rescato que aunque no logre evocar el universo pasoliniano en toda su dimensión (al menos lo vemos jugando al futbol) la película no se jacta de pretenciosidad. La música y los planos donde las estatuas se codean con el cielo exaltan por momentos lo que más tiene de poesía este film.

“The Passage” (USA/BEL, Roberto Minervini, 2011) 

A una mujer le diagnostican un cáncer terminal. La cámara se queda en su rostro y acompaña esta desidia hasta el final. La sigue con la misma voluntad con la que enfrentará su enfermedad. Porque no hay dudas de que la voluntad y la esperanza existen en ella realmente: busca a un sanador, lugares de curación (aquí el film se torna documental). Pero nadie podrá salvarla. A pesar de todo su esfuerzo jamás deja el cigarrillo. Se insiste en la mostración de este hecho casi como buscando concientizar. El cuerpo nos habla (además del cigarrillo se muestra en otra escena la mala alimentación del personaje del “artista”) Sin embargo como sociedad no parecemos estar preparados todavía para ver estos indicios, de alguna manera nunca hemos afrontado los problemas de base, y por lo que sabemos la base no es la fe sino el cuerpo. Otros dos protagonistas harán su aparición también con problemas (un ex presidiario alcohólico sin trabajo y un hombre que ha quedado solo con intenciones de llevar a cabo una muestra de arte a partir de su triste situación sentimental) Las historias se cruzarán. Se observa un gesto de enorme solidaridad en estos personajes marginados, un gesto que termina estremeciéndonos hacia el final, cuando se meten los tres a la laguna para pegarse un baño. La mujer parece sentirse feliz por primera vez desde su diagnóstico, tal vez desde antes. Una película que no tiene piedad de contar, pero sí gratitud y compasión para mostraros a estos seres. Dos de ellos acompañaran al otro en ese pasaje, en ese pasaje irremediable hacia la muerte.

“El 5 de Talleres” (ARG/URU, Adrián Binez,2014) 

La vida de un jugador de futbol del ascenso no es fácil, eso lo sabemos todos, pero cómo podría aquello tomarse como disparador para contar una historia cómica donde las cosas de la vida no dejen por ello de tener su fragancia, su goce, su amor hacia los seres queridos, y a la profesión. El 5 de talleres es una comedia romántica original, original por el rol que cumple aquí la mujer del futbolista. La relación de ellos debería ser todo un estudio sobre la “des-objetivación” de la mujer, algo que por suerte se está viendo con mayor frecuencia en el cine. Su relación también con los padres, imperdibles los diálogos entre todos ellos e imperdibles las charlas del técnico con los jugadores en el vestuario. Me encantó esta película porque muestra seres humanos, no personajes, porque Fontanarosa nos enseñó a reír con el futbol, y este film es fiel a ese mundo: el humor y el futbol, sobre todo el de ascenso, donde las cosas siempre cuestan más, donde los resultados adversos prevalecen y se transforman en elemento para la comedia, así como también la arenga del técnico, el jugador sucio y falto de juego, etc.
Me remitió mucho a mis épocas como jugador de futbol en Comunicaciones, y puedo garantizar humildemente desde aquella experiencia que el film tiene calle, diremos mejor, yuyo crecido.

“Birdman” (USA, A. G. Iñárritu, 2014) 

Hasta aquí (y lo diré sin titubear) la mejor película que he visto en el festival. Planos secuencia, intertexto con el teatro, levitaciones, comics, Hollywood, Raymond Carver, Emma Stone, Budismo implícito, ¿Wot? Pero si tuviera que reducir la historia a estas palabras estaría cayendo en la misma desgracia que la crítica del New York Times, a la que Riggan (Michael Keaton), en una escena brillante (y no es que sea solo una escena porque aquí, cual festín diabólico Hitchcockiano se emulan los intentos de hacer una película completa en plano secuencia) reprocha sus opiniones, “son etiquetas” le dice, y le muestra una flor. “Usted nunca tuvo contacto directo con las cosas del mundo”. Se habla del reduccionismo de las palabras, de los conceptos. Y fiel a estos reproches el film se anima a vivir su vida, plenamente. Es una película sin desperdicio que llamará la atención de los académicos, guionistas, de los productores (Marvel), de los estudiantes (sobre todo de actuación) y de los críticos, sobre todo a los críticos porque Birdman es ante todo un testamento acido e irónico de los impulsos imaginarios y de nuestros deseos más profundos por plasmar en el arte la voluntad de volar, y de vivir.
Todos sabemos que en el cine norteamericano históricamente los hombres han sido colocados (en relación a la mujer) como sujetos que desean, reduciendo el papel de ellas a objetos deseados. Pero esto también ha sido una forma de enjuiciar al hombre. En Birdman tanto los hombres como las mujeres vuelven a recuperar aspectos de la masculinidad y la femineidad, inherentes al alma humana. Por ejemplo en un momento Mike (Edward Norton) resigna su postura viril y le confiesa a Sam (Emma Stone) que no se anima a engancharse con ella por miedo a que no se le pare. Son seres que cobran aun mas vida cuando están sobre el escenario (consecuencia que refiere a nosotros como espectadores) “Ahí sí que me siento invencible y puedo animarme a todo” dice Mike. Entonces el cine se vuelve para ellos la vida y nosotros quedamos en una especie de submundo desde el cual será difícil volver cuando la ilusión finalmente haya terminado. Lo que aquí se manifiesta es que aun habiendo terminado la función el velo sigue intacto, volvemos a nuestros quehaceres y a la maquinaria de la vida. Será la hora de despertar, de asumir el compromiso de volver a nacer sin tantos juicios, conceptos y etiquetas. Y esto el cine ya lo viene diciendo de hace rato.

“Mommy” (CAN, Xavier Dolan,2014) 

mommydolan

La nueva película de Xavier Dolan se inicia como una flor en el otoño, es decir, como un proyecto que va dar sus cuotas de belleza y fragancia. Aquí nos encontramos con lo que parece ser un sucesor de esa camada de directores que se animaron a mostrar cambios, o mejor dicho a mostrar lo que en la sociedad ya estaba cambiando. Hablo de reivindicación de lazos entre los seres, de la ampliación del margen de rol que cumplen (cumplimos) en sociedad. Mommy es la luchadora, al mismo tiempo que la cuarentona Kitsch (propia de las películas de Almodóvar) que se arregla como una adolescente, la madre que ha quedado sola con su hijo (quien porta una extraña enfermedad de retraso mental) Aquí es donde se concentra el film, el mayor interés pasará por el vínculo, la interrelación de ella con su hijo (que la ama profundamente y teme que algún día la deje) y con su vecina. Esas mujeres intentar educar (porque con solo amarlo no alcanza) a un joven mal educado, racista, insoportable del que sin embargo la película se termina compadeciendo hasta decantar en los valores más altos como la libertad y el amor. Por eso en todo esto hay algo de milagro, que se percibe además en el brillo añadido de las imágenes.
Uno de sus principales defectos es la duración, su extensión termina por quitarle mucho de lo que había generado (ese éxtasis que el otoño nuevamente se termina por llevar) Los personajes cantan y bailan (con música de los noventa) Se ríen, lloran y se estremecen en un contexto de vidas postmodernas que tienen que adaptarse a los permanentes cambios. Insisto con algo que sigo viendo recurrentemente y es el rol de la mujer. Hay una reivindicación podría decirse del cine respecto a su historia, aunque probablemente estemos confundiendo su historia con la de Hollywood, una reivindicación de los aspectos menos suaves, delicados, “femeninos” digamos (sin que estos se dejen de lado) que también pertenecen a la mujer. Mommy va en esta línea, es una comedia dramática donde las historias parecen nunca acabar: por la duración mencionada, pero también porque el guion a pesar de ello no sale mal parado sino que se retroalimenta de todo lo que no parece acabar nunca. Ese es otro de los méritos, escribir para unos personajes como si fueran de la vida misma, y es que de hecho lo son. Párrafo aparte para el minúsculo homenaje a Mi pobre angelito cuando Steve (Antoine-Olivier Pilon) grita mirándose al espejo, luego de ponerse loción para después de afeitar.

“Open Windows” (ESP/USA, Nacho Vigalondo, 2014)  

Película de trasnoche con producción norteamericana y española que presenta al espionaje, el suspenso y la acción en pleno siglo XXI, es decir dentro de un monitor de laptop. Las ventanas se abren y se cierran entre hackers, voces con falsa identidad, camaritas que presentan nada más y nada menos que a Elijah Wood y Sasha Grey, dos estrellas en la bandera del país donde el porno y el espectáculo son como parte de un cielo en el que todos ponen sus ojos. Quien hubiera pensado en 1950 que un hombre mirando por la ventana a sus vecinos transmutaría en hombre símil pero metaforizado: ahora el crimen, sus marcos y la prisión se reducen al universo virtual de la web. Sin embargo el apartamento sigue estando (la relación con el cine de Hitchcock y Brian de Palma en este film saltan a la vista) Al menos por ahora. La película destaca principalmente por el montaje. El director, Nacho Vigalondo (algo así como el Torrente del festival) dijo que Open Windows era como su mochila de piedras, algo que no se lo deseaba a ningún director. Esto es cierto, parece más una película para programadores y estudiantes de diseño de audio y video, casi que ni te podes detener dos segundos en la apreciación de un cuadro. A veces tengo miedo de estar presenciando las formas de un nuevo cine del fututo, y más cuando se lo puede justificar con autores tan grandes del pasado, en un lazo que se presenta de manera inevitable.

Le preguntaron al director si había pasado algo con Sasha, en el casting. Y dijo que no, que se tuvo que conformar con follarse a Elijah.

“Los Muertos” (MEX, Santiago Mohar Volkow, 2014) 

Los muertos es una película de esas que levantan alfombras para ver la mugre de un país. Aquí el crimen, las mafias, la delincuencia, pero sobro todo la estratificación irreparable de las clases. Los protagonistas son unos jóvenes de clase media-alta que se la pasan de fiesta en fiesta, derrochando, perdidos en un vaho de consciencia extasiada. Durante el transcurso del film hay varias caídas (la de una roca que una mujer arroja desde el puente, la del mueble que los pibes lanzan desde la terraza, y la de la chica). Estas parecen ser parte de una estructura narrativa que vuelve a repetir un ciclo. Brillante la banda sonora de música tradicional que nos distancia por momentos, buscando ese contraste que permita reflexionar sin descuidar la estética en su conjunto. Por el contrario la vivifica, le da el color de su país. Es como una película sin máscaras donde se provoca, se muestra lo desagradable de aquellos personajes (el director los comparó con los de Fassbinder y “El diablo probablemente”, la película de Robert Bresson) recordándonos siempre (y principalmente a partir del contacto con los objetos, porque como decía Pasolini, estamos en cierta manera definidos como clase en relación principalmente a los objetos que hemos tenido desde niños a nuestro alrededor) que éstos no han salido de un capullo sino que fueron engendrados por un sistema y arrojados en un pedazo de tierra que desprecian.

Los muertos son varios, o todos, algunos quizá. Ellos no pueden determinarse con la muerte, esto sucede hacia el final de la cinta cuando las madres de la chica muerta y su novio solo pueden (solo ellas) intercambiar el llanto y encontrar empatía. Porque los muertos no parecen cambiar absolutamente nada de las cosas, sino más bien que forman parte de toda esa naturaleza.

 

Brendon Chambon

 

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